El Perú que salió de Arequipa Si hay que hablar de Industria, hay que hablar de Arequipa

Hay ciudades que se distinguen por sus iglesias, por el empedrado de sus plazas o por sus ornamentos. Otras se manifiestan de forma palpitante: en el rugido arrancado de sus talleres, en el ruido de sus máquinas, en el aroma de sus fábricas. Arequipa es una de estas ciudades. La podemos admirar con sus casonas y sus templos de sillar, pero también siguiendo las huellas de aquello que aprendió a fabricar y que, con los años, terminó viajando más allá de sus fronteras.

Mientras caminamos por sus calles, entre comercios, vi- trinas y nombres que forman parte de la cotidianidad, resulta difícil no recordar aquella alocución del periodista Phillip Butter (2025), quien, con esa mezcla de entusiasmo y evocación, alguna vez dijo: «(…) El mejor chocolate del Perú es La Ibérica… la leche que toma tu hijo, tu mamá y tus hermanos hace 80 años es Gloria, de Arequipa… ¿Dónde está el mejor cemento de Latinoamérica? En Yura, en Arequipa… Hay que agradecer a Arequipa que haya estado en el Perú».

De estas frases dichas al calor de la admiración, existe una intuición difícil de ignorar. Basta con aguzar la mirada para descubrir que detrás de la ciudad de sillar y su cielo azul, existe otra Arequipa: la que aprendió a transformar su materia prima, a levantar talleres, a encender hornos, a mover máquinas y a convertir el trabajo de sus hombres y mujeres en productos que terminaron recorriendo el país.

Quizá sea justamente ahí donde comienza esta historia.

En esa antigua vocación de hacer industria, de convertir lo propio, el trabajo inicialmente artesanal, en algo que pudiera llegar más lejos que sus calles.

Hay una escena que, casi siempre, se repite: uno llega al Aeropuerto Internacional Jorge Chávez en Lima, ingresa a una tienda en los comercios céntricos del Cusco, es- pera en cualquier terminal terrestre, pasa por una tienda de regalos en Trujillo o se detiene en algún lugar y —casi como una presencia familiar— aparece una caja roja, una tableta, un bombón, un toffee. La Ibérica.

Es curioso: una empresa que nació en Arequipa hace más de un siglo terminó convirtiéndose en una de esas mar- cas que no necesitan presentación ni explicar de dónde vienen. Basta ver su listón rojo, café y sentir el aroma a cacao para reconocer aquellas décadas de esfuerzo que, a menudo remiten a la calle Jerusalén, un lugar casi mítico en la memoria familiar.

Pero La Ibérica no estaba sola.

Y el Parque Industrial, inaugurado a fines de los años sesenta, representaba precisamente eso: el deseo de convertir la tradición manufacturera arequipeña de fines del siglo XIX en una industria moderna. Allí coincidieron em- presas de alimentos, bebidas, acero, textiles, productos químicos y tantas otras actividades que hacen memorable a la Ciudad Blanca.

¡Todo lo mejor parece estar en Arequipa! —coinciden numerosos comentarios en las redes sociales ante los elogios de Butter.

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